La Gran Ola

En primer plano el inicio de una ola. En segundo plano otra ola levantándose espumeante. En tercer plano, una ola que comienza a romper. Hay 3 partes atrapadas entre esta agitación. En el centro, en un cielo tempestuosos un punto designado como una montaña.

En un sello se encuentra en efecto el título de la serie las 36 visitas del Fuji. Luego el de la imagen que nos ocupa. A la izquierda del sello la firma: Hokusai vuelve a cambiar su apellido.

Comúnmente llamada La Ola, o La Gran Ola, esta imagen es la más famosa de las estampas japonesas, esas impresiones sobre papel obtenidas a partir de grabados en madera. La serie 36 vistas del Fuji a la que pertenece la ola fue impresa entre 1831 y 1834 en hojas sueltas que algunos aficionados cosían o pegaban en albumes. Katsushika Hokusai hará de hecho 10 vistas más. Un punto en común de estas 46 estampas es el monte Fuji. Volcán adormecido recientemente y montaña más alta de Japón con 3776 metro. Su cima nevada es visible en invierno desde varias provincias centrales.

Con sus laderas de piedra volcánica negra y roja, la montaña atemoriza y fascina. Oculta por nubes y brumas en la estacion calidad, suele rebelarse a menudo a las miradas. Lugar de peregrinación de sectas hinduistas, de meditación budista e incluso de ascensiones deportivas, El Fuji permanece como uno de los símbolos del Japón Moderno. La imagen del volcán sagrado estaba presente en numerosos templos y se distribuía como amuleto de buena suerte.

Hokusai juega en varias estampas con este cono casi perfecto. El Fuji está ahí, unas veces próximo, otras lejano. A sus pies escenas de la vida cotidiana.

Katsushika Hokusai nació en 1760, en un barrio de Edo, o Tokio, como se conoce actualmente. Adoptado por un vidriero de la corte, comenzó a dibujar al natural a la edad de 6 años y siempre prestaría atención a la vida de la gente humilde. En sus pinturas podemos ver escenas congeladas como «En el puerto de Montaña de Mishima», 3 viajeros intentan abarcar con sus brazos abiertos una criptomeria gigante.

Hokusai. Arte Japonés

Una de las obras de Hokusai que pueden verse en el British Museum

Multitud de viajeros y peregrinos recorren a pie o a caballo la famosa ruta de Tokaido. Esta une Edo, la futura Tokio, la ciudad del Sogun, el jefe militar con Kioto, la ciudad del emperador. Cada etapa aporta su patrimonio de curiosidades naturales: torrentes, ríos, vados, trozos de mar y abruptos peñones.

Con su gran ola, Hokusai, adopta un punto de vista de excepción. Estamos en alta mar, al sur de la bahía de Tokio, frante a Kanagawa. Aproxidamente a 90 kilómetros al oeste del Fuji. Las embarcaciones son los asikuris, juncos dedicados al transporte por mar de hortalizas y pescados hacia la capital. Van orientados al sudoeste de modo que regresan vacíos. Hay 8 remeros por embarcación, aferrados a sus remos levantados. Junto con los demás marineros de los juncos hay pues, 30 hombres presos en la tempestad.

El artista anteriormente conocido como Hokusai

El artista cambiará decenas de veces de nombre, así como de estilo. En 1797, a la edad de 37 años, adopta el seudónimo de «Hokusai». Desde esta época mostrará El Fuji a menudo. A partir de 1814 publica unos álbumes de dibujo, los manga. Manuales para estudiantes de dibujo que son auténticas enciclopedias. Animales, plantas, personajes, escenas de la vida cotidiana, caricaturas, animales fantásticos etc. Se hace famoso por sus series de paisajes. Cascadas, y puentes.

¿Cómo era la técnica de pintura?

Primero, el Grabador

Hokusai también llegó a caricaturizarse de buena gana en muchos de sus cuadros, «el viejo loco por la pintura», como él mismo se proclamaba. Cuando dibuja y publica sus 36 vistas tiene más de 70 años. El pintor realiza un dibujo original a punta de pincel sobre un papel delgado y translucido.

El grabador daba vuelta a la hoja y la pegaba sobre una plancha de madera pulida. A continuación el papel se sacrificaba a medida del tamaño de la plancha. El grabador vaciaba las superficies vacías valiéndose de escoplos.

Trabajaba salvando las líneas y los colores lisos necesarios para la impresión. El dibujo se grababa a navaja. La madera más utilizada era la de Sakura, una variedad del cerezo, elegida por su dureza y por la posibilidad de grabar en ella líneas muy finas.

El grabador cincelaba la madera de trazo, es decir, la plancha que llevaba los contornos del dibujo, los textos de las leyendas y la firma. A continuación preparaba tantas maderas de tinta como colores a imprimir. De modo que a cada color le correspondía un relieve grabado. Para asegurar un buen calce en las impresiones sucesivas el grabador realizaba unas señales en cada plancha, los kento: un ángulo recto y una línea recta (lo que hoy podríamos llamar marcas de corte o de impresión, o roseta de impresión, la cual si se desplaza, puede generar un molesto efecto moiré).

Segundo, el Impresor

La etapa siguiente le correspondía a otro artesano, el impresor. Los colores eran pigmentos tradicionales diluidos en agua. En «La ola», un negro a base de tinta china, un amarillo de ocre amarillo, o de oro pimente y un azul de azul de Prusia, importado por comerciantes holandeses a partir de 1829.

Las 3 vistas del Fuji son anunciadas con orgullo por el editor Nashimura Ejido en 1831 como compuestas en azul de Prusia y efectivamente: el azul abunda en cada estampa.

Según cuenta la tradición, la ola habría sido impresa en 8 pasadas. En primer lugar pues, el dibujo general y también las superficies tintadas en azul de Prusia espeso. Superficies que por contraste parecerán casi negras en la prueba final. Luego un amarillo ligero, el de los juncos. A continuación venía el amarillo del cielo. El gris claro del cielo en gradación y el gris de las embarcaciones. El estampador pasaba a continuación a las zonas de azul claro y luego a las de azul más denso. Por fin acababa la estampa con el negro del cielo y del puente de una de las barcas.

En cada operación se dejan en reserva la cresta de las olas, los regueros de espuma, las gotas de espuma que caen, las caras de los marineros y la nieve del Fuji. Y es el papel de origen el que les confiere ese tinte blanco resplandeciente. Las texturas enriquecen aún más según el grano del papel, las estrías del baren, o la huella de las fibras de la madera grabada.

Con solo 3 pigmentos, Hokusai logró crear una imagen coloreada y contrastada.

El mismo Hokusai, grabador durante su adolescencia, seguía atentamente la impresión de sus estampas

Hokusai. Muñecos de cera

Los grises demasiado acentuados hacen la estampa menos agradable. Ruego que diga a los estampadores que el tono pálido debe parecerse a una sopa de mariscos. En cambio, si aclaran demasiado el tono oscuro echarán a perder la fuerza del contraste. También hay que explicarles que el tono sostenido debería tener cierta densidad, como la sopa de guisantes.

El impresor podía además producir gradaciones tonales a placer. Así, en «Viento fresco en una mañana clara» (puede verse un ejemplo más abajo) la frontera entre la zona verde y la zona rojiza varía de una tirada a otra. Existe incluso una variante muy curiosa. La montaña ha sido tratada en blanco y azul. Estas variaciones han interesado mucho a los coleccionistas. Las maderas grabadas permitían la impresión de al menos 300 hojas antes del desgaste de los trazos. Pero nada impedía a un editor hacer grabar nuevas planchas como lo hacen hoy en día algunos artesanos que todavía imprimen estampas con estas técnicas tan tradicionales.

Hokusai. Viento fresco en una mañana clara

Variaciones Tonales. En este caso que nos sirve de ejemplo la frontera entre la zona verde y la zona rojiza del Monte Fuji queda muy bien delimitada. Pero existen versiones de esta misma estampa con variaciones tonales muy significativas, algunas incluso, degradando en tonos azules.

Las 36 vistas fueron estampadas en papel de 25,5 x 37 ó 38 cm. Este rectángulo bastante alargado permite la colocación de panoramas. Hokusai se sirve del mismo formato pero en vertical, para su serie de cascadas.

¿Qué mueve o motiva a Hokusai?

Katsushika Hokusai demuestra mucho interés por el tratamiento de la perspectiva pero juega sobre todo con los aspectos plásticos y poéticos del paisaje. Así, Reflejo del Fuji en el lago Kawaguchi no está situado sobre el eje de visión del espectador, sino más a la izquierda. Una imagen a todas luces imposible. Reflection in Lake Misaka

Hokusai procede a menudo a asociar formas y líneas geométricas. En las 36 vistas El Fuji aparece encerrado en un círculo, en un triángulo, o en rectángulos encajados. Otros ejemplos pueden encontrarse en las curvas de un camino, por ejemplo, o la torsión de las velas de un junco.

En sus mangas, el artísta hace una aproximación muy analítica de las formas naturales. Para él se trata de captar la esencia misma de las cosas. Acude a menudo al mar y estudia olas, remolinos y espumas.

En varias estampas antiguas, el artista había asimilado la ola a una materia densa y uniforme, casi mineral. En una estampa más tardía muestra olas muy agitadas amenazando a unas barcas de pesca. En las 36 vistas describe la violenta resaca de un río a los pies de un promontorio desde donde un pescador ha lanzado sus redes.

La amenaza suspendida

En la gran ola ha reunido todos esos temas. Katsushika Hokusait rabaja por ensamblado de rimas plásticas. El Fuji, punta azul y blanca, aparecía primeramente tanto como una ola como surgiendo justo detrás de una barca. Es como un eco de la ola del primer plano. La imagen está colmada de curvas. Superficies de agua que se cruzan al ritmo del tren de las olas. Redes dentro de las olas que se survan según el empuje vertical. Torsos de las olas y laderas del Fuji. Ellas mismas dos curvas opuestas. El conjunto es arrastrado y dominado por la gran ola que parece desplegarse siguiendo una espiral perfecta cuyo centro coincide con el de la estampa.

El Yin Yang en La Gran Ola

Según los principios de la antigua pintura china, el relleno de la ola se opone al vacío del cielo. Las dos superficies de encastran una en la otra, como el negro y el blanco en la doble figura del Yin y el Yang. Finalmente las curvas de la espuma, engendran otras curvas que a su vez se dividen. Una multitud de pequeñas sub-olas repiten la forma de la ola madre. De tales imágenes que la ciencia moderna ha calificado de fractales, surge una especie de ilustración del infinito.

Hokusai. 100 vistas Monte Fuji

A Hokusai le gusta tanto su imagen que la retoma varios años después en un álbum de grabados en 3 volúmenes: Las 100 visitas del Fuji. La misma relación entre la ola y el volcán. El mismo brote de espuma. Pero esta vez los fragmentos de la ola se confunden con el vuelo de un ave marina.

Análisis de «The Great Wave»

Los juncos, representados en la estampa son embarcaciones de aproximadamente 12 m. Por comparación la enorme ola debe tener entre 14 y 16 m. de altura. Es una tempestad muy fuerte, sin duda un tifón. Las barcas tienen pocas posibilidades de salvarse. Para el japonés que lee verticalmente y de derecha a izquierda, las barcas van en sentido fasto o feliz. La ola va en sentido nefasto. Para todos la idea sigue siendo la de una violenta oposición de movimientos. Oposición que no puede llevar sino a la catástrofe.

Arte Fractal. La gran ola, de Kanawa.

A Hokusai le agrada atrapar un instante de ínfima brevedad, de echo, lo vemos continuamente en sus cuadros y estampillas: Un relámpago a los pies del Fuji, o el mismo instante que sobre el tejado de un almacén, un tejador acaba de lanzar un paquete de mercancía a su colega. El momento del amanecer en que el habitante del junco lanza por la borda sus aguas sucias despertando a una pareja de garzas. También vemos muchos ejemplos de capturas de instantes representados mediante el vuelo brusco de papeles y de sombreros. Katsushika Hokusai se sirve de estas instantáneas para escenificar imágenes poéticas o divertidas.

Esta vez, captura un momento muy particular: Ese, en que la vaga desmesuradamente hinchada y elevada permanece suspendida, compacta, inmóvil, antes de romper. La imagen que Hokusai muestra, corresponde a lo que más tarde la industria del cine representaría con la palabra «suspense».

Hokusai, o cómo congelar el tiempo en un instante infinito

Hay dos futuros posibles: O bien las frágiles barcas serán destrozas por esta enorme ola, lo que supone el imponente vuelo de agua, o bien lograrán atravesarla, lo que sugieren sus afilados estraves (hablamos de la quilla de la embarcación que va en línea curva hacia la proa). Si nos situamos en la posición de un espectador embarcado, o sea, bajo la misma amenaza de los marineros (a la derecha del cuadro), nos confrontamos a este instante muy breve de inquietante extrañeza. Un instante dilatado, paralizado por la imagen, de modo de hacer que duren el miedo y la incertidumbre. Una situación de angustia tal que llama al grito, la súplica, a la oración. A echar mano de un mundo mágico.

El maestro Hokusai refuerza los efectos escénicos empleando toda clase de pequeñas anotaciones: El Fuji en el centro está ahí, como una fuerza tranquilizadora. Una fuerza divina que podría enfrentarse a la ola. Pero el pintor lo hace incierto. El Fuji parece una ola. Además el volcán es una ola terrestres, a veces tan inestable como la marina. La espuma que cae ante él parecen copos de nieve y refuerzan la idea de montaña pero también recuerda a la lluvia de cenizas mortales, tan temida por los japoneses.

Y la propia ola. ¿No será un volcán que comienza a escupir espuma y remolinos? Toda la imagen juega con estos múltiples y resbaladizos sentidos, haciéndose eco de otras muchas imágenes del artista. La silueta de la ola recuerda a un dragón gigante. Hokusai dibuja dragones a menudo y en particular el del Fuji. La ola es como el fantasma de la muerte inclinándose sobre los marineros condenados. Ella estira sus brazos, sus pliegues y repliegues como hace con sus tentáculos el pulpo, un animal que Hokusai frecuenta tanto en sus mangas como en sus imágenes eróticas.

El demonio de la analogía se apoderó de Hokusai hasta en sus menores detalles

Los fragmentos de espuma se convierten en picos, en garras de aves de presa, en manos con uñas afiladas, en colmillos, mandíbulas de insectos, en zarpas de acero, usando como recurso estético los fractales sobre esta gran ola.

Antaño la estampa se llamó «Imagen del Mundo Flotante» para subrayar que presentaba escenas dedicadas a la brevedad, a la evanescencia, a la muerte, al olvido. El artista japonés parece poner aquí en imagen literalmente esa expresión. Porque, ¿que hay más flotante que una barca, y qué más efímero que la vida de estos hombres atrapados en una tempestad? ¿Les salvará el genio bondadoso del Fuji agazapado al fondo de la imagen en el último segundo?

A la edad de 6 años comencé a dibujar todo tipo de cosas. A los 50 ya había dibujado mucho. Pero nada de lo que hice antes de mis 70 aniversario merece ser mencionado. Fué a los 73 que comencé a comprender la auténtica forma de los animales, de los insectos y de los peces y la naturaleza de plantas y árboles. Por consiguiente a los 80 años habré hecho más progresos y a los 90 habré penetrado más a fondo en la esencia del arte. A los 100 habré alcanzado un nivel maravilloso y a los 110 años cada punto, cada línea de mis dibujos tendrá vida propia. Me gustaría pedir a los que me seguirán que compruebe que no he hablado sin razón. 

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Resumen
La gran ola de Hokusai
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La gran ola de Hokusai
Descripción
Analicemos en detalle esta obra fractal del artista japonés Hokusai, y por qué se han convertido en un referente del arte por su devastadora potencia simbólica, poética y plástica. ¿Qué se esconde tras esta obra de arte congelada en el tiempo?
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De Fractales
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